Una campaña publicitaria es mejor que ninguna campaña publicitaria


Está costando mucho trabajo sacar adelante la última campaña publicitaria que se ha planteado hacer el sector videográfico. No lo decimos por culpa de los gastos –que pueden ser altos para los tiempos que corren–, gastos, por lo demás, aprobados desde hace tiempo y asumidos por sus organizadores con entusiasmo. Lo decimos por la falta de apoyo que ha obtenido a priori desde algunos sectores del mercado, y más concretamente de los videoclubs. Cuando escribimos nuestro editorial aún no sabemos si las cadenas de videoclubs la van a apoyar o no. Parece ser que les supone un coste adicional importante para –una vez más lo decimos– los tiempos que corren. Cualquier gasto, por pequeño que sea, puede ser enorme en estos momentos, y considerarse difícilmente asumible tanto para un sólo videoclub como para una cadena. Sin embargo, desde nuestro punto de vista, es en momentos como los que vivimos cuando hay que echar más carne al asador, es decir, cuando la industria debe gastar un poquito más para que, con la campaña, los clientes sepan que no estamos muertos, que les decimos –a través de ella– que seguimos vivos y que somos la tienda de ocio de su barrio para alquilar legalmente películas.

El que la campaña haya sido aprobada y se ponga en marcha a partir de septiembre, tal como anunciamos en nuestra revista, es una buena noticia por diversas razones, siendo la principal la confianza que demuestran tener en el sector quienes la promueven y se van a gastar el dinero en difundir con ella la vigencia del mercado del alquiler. Y los primeros que van a invertir son los propios videoclubs, asumiendo un euro de gasto extra por copia comprada. Coste que irá a parar a una cuenta que servirá para pagar la campaña. Por lo tanto, cuanto más copias compren los videoclubs y vendan las compañías, mayor será la inversión y mayor será el alcance. También las compañías se implican en la campaña a través de UVE al recaudar de una manera ponderada las cantidades extras que generen en los próximos meses sus películas. El acuerdo al que han llegado las asociaciones de videoclubs, las editoras y los mayoristas va, precisamente, en ese sentido: en el de que las compañías pongan sus programas informáticos a disposición del cobro, algo complicado de gestionar y más difícil de llevar a cabo sin, entre otros problemas adicionales, correr el riesgo de vulnerar las normas de la Comisión Nacional de la Competencia, cosa que no se producirá finalmente.

Ésta ha sido sin duda el mayor escollo a salvar. Pero finalmente, dando muestra de una generosa colaboración, las compañías –una vez confirmado por las más altas instancias de la Comisión que no vulneraban ninguna de sus normas– han puesto a disposición de la industria videográfica sus programas y recursos humanos, con el fin de reunir las cantidad adicionales por la venta extra de su producto. Hay que hacer especial hincapié en el papel jugado por los mayoristas para llevar a término la campaña. Fueron ellos quienes la propusieron; ellos quienes buscaron la empresa profesional que la diseñara; y también ellos los que, de alguna manera, han apostado y trabajado más que ningún otro para sacarla adelante. El mayorista tiene, actualmente, un peso determinante en el mercado del alquiler: venden el producto de las compañías a una buena parte de los videoclubs que quedan y son, además, distribuidores de muchas compañías que han desmantelado sus equipos de venta por culpa de la crisis. Por ello son conscientes de lo que se juegan en la campaña. Y por eso están trabajando con un gran esfuerzo para que, en septiembre, esté emitiéndose en la televisión. El mensaje que se quiere transmitir es que ir al videoclub a alquilar una película, es más que un buen plan, es un PLANAZO. En el videoclub podemos encontrar un producto de mucha calidad, y en él están disponibles ya las películas de Blu-ray, lo cual demuestra que el mercado se ha adaptado a la alta tecnología y a los productos de última generación. Eso es lo que se debe transmitir, además de la variedad de películas y la cercanía al cliente en el trato.

Se han hecho muchas campañas de promoción del alquiler a lo largo de la Historia del vídeo doméstico, unas para fomentar y desarrollar el alquiler y otras para animar al consumidor a llevarse a su casa las películas que salían a venta directa. Todas han servido para colocar a nuestra industria en el punto de mira del consumidor y a hacer del vídeo un producto de moda. Esto ha sido así siempre. Y si la industria ha perdido esa jerarquía en los gustos del consumidor, no ha sido por su culpa. Muchos expertos de pacotilla y no pocos políticos desinformados o malintencionados, van diciendo por ahí que el negocio del vídeo doméstico físico está muerto porque sus profesionales no han sabido adaptarse a los nuevos tiempos y a las nuevas tecnologías. Eso es mentira. Si a algo no han sabido adaptarse es a la fuerza arrolladora de la piratería, primero callejera y luego la de internet. Nadie puede aventurar que el vídeo doméstico esté en las últimas por esa causa. Todo lo contrario, si desapareciera la piratería, volvería a niveles razonables de negocio. Y con campañas como la que ahora se prepara y con otras más que se harían rápidamente, el vídeo físico de alquiler y de venta, estarían otra vez de moda entre una parte de los consumidores. Como lo estaría, seguramente, entre otros consumidores que se inclinaran y tuvieran la oportunidad de alquilar en webs legales. El mercado aborda la campaña de alquiler en lo que se espera sean los últimos tiempos de las descargas ilegales a través de las webs piratas. Es una apuesta valiente y costosa de un mercado legal, que quiere utilizar una parte de sus ingresos legales, para desarrollar sus negocios en el ámbito de unas leyes que le protejan como protegen a las demás industrias.