Promocionar bien las películas: he ahí la cuestión


Hollywood es la potencia industrial que todos conocemos no solo por el atractivo de sus películas, ni exclusivamente por el dominio comercial que mantiene en los mercados de todo el mundo. Hollywood es Hollywood, sobre todo, por la capacidad de comunicación que exhibe desde hace décadas. No es que los americanos inventasen la publicidad y la promoción de las películas. Pathè y Gaumont en Francia, en los años veinte, hacían maravillas para distribuir su producción en Europa y en Estados Unidos. Pero Hollywood, aprendiendo de ellos o de otras compañías europeas -y por supuesto, añadiéndole la propia creatividad, el ingenio y talento de sus propios publicistas- amplió las fórmulas para que una película, todavía neonata, se diera a conocer en todo el mundo. Desde 1920 hasta hoy, las grandes y pequeñas compañías de producción de Los Ángeles, han dedicado una parte muy importante de su presupuesto a la promoción de su cine. A veces por encima del 25 por ciento del coste de una película. Esto es mucho dinero, y es mucho más si se sabe invertir de esa manera tan cualificada que ellos saben, consistente en que una noticia genera un artículo, éste un reportaje y así hasta llegar a la entrevista, la rueda de prensa, los cotilleos de la actriz o el actor de turno, la exclusiva y un largo etcétera de posibilidades -como los festivales- que, si se aprovechan todas, incluso si la película no es buena, de salida -es decir en su estreno- tiene garantizada una parte de su inversión. Si esto se repite en muchos países, y la película tiene ese atractivo que gusta al público, el éxito esta asegurado.

Pero hay películas europeas y de otros países que su publicidad y promoción se toma a cachondeo. O por lo menos se deja aparte, hasta que vayan a estrenarse, y entonces se convoca a unos cuantos periodistas, se les ofrece unas cuantas fotos, unas cuartillas con información insuficiente y tal vez una entrevista... si la “estrella” de la película está disponible. Porque esa es otra: los intérpretes y cineastas norteamericanos saben que la película no está terminada para ellos hasta que visitan el último país que los departamentos de promoción han acordado con los distribuidores del título. Así es difícil no encarrilar a los consumidores de televisión, prensa escrita, radio o canales “online”, hacia la taquilla del cine donde se va a estrenar. Y si, además, el actor es tan simpático como Tom Cruise -coproductor de sus películas y por lo tanto parte interesada en las ganancias-, que se pasa una hora -haga calor o frío- firmando autógrafos y haciéndose fotografías con sus fans, pues miel sobre hojuelas. Pero no hace falta ser Tom Cruise, por lo general todos los profesionales del cine norteamericano conocen su papel y lo interpretan a las mil maravillas cuando se enfrenta a los medios de comunicación. Les va en ello su trabajo, sus casas en Malibú, sus privilegios y seguir siendo conocidos. Así que no se hacen rogar y se presentan con su mejor sonrisa, como lo comprobamos cada vez que vienen a nuestro país (que es casi todas las semanas). España es, a pesar de la piratería y de la mala gestión comercial de los estrenos, un país muy importante para la rentabilidad de las películas filmadas en Hollywood. Por eso no es extraño ver a productores como Jeffrey Katzenberg venir varias veces al año a España a presentar sus producciones. Y vienen con cierta frecuencia también Steven Spielberg, por supuesto Tom Cruise, Danny Boyle, Bryan Singer, Woody Allen, Quentin Tarantino, Clive Owen, Charlize Theron, Nicole Kidman, Steve Martin, Al Pacino, Robert De Niro, Viggo Moterssen, Morgan Freeman, Martin Scorsese, Leonardo DiCaprio y hasta nuestro Antonio Banderas se coge un avión para presentarnos el que será su último trabajo. España, como decimos, es “very important” para el cine norteamericano. Y esta es una labor, reiteramos, que se premia en la taquilla porque los medios de comunicación cubren las ruedas de prensa y las entrevistas con la máxima cobertura disponible.

¿Pasa esto en el cine español? Hace unos años hubiéramos dicho secamente que NO. Pero desde hace algún tiempo, imitando a los norteamericanos y teniendo en cuenta los objetivos y las consecuencias que pueden derivarse -en “box office”- de “molestar” por unos días a nuestras huestes cinematográficas, se ha producido un espectacular cambio en las formas de promocionar el cine español. Podemos señalar tres ejemplos, pero hay algunos más. Comenzó por El Deseo y los hermanos Almodóvar, continuó con Santiago Segura, que a base de hacer el “payaso” y decir todas las chorradas habidas y por haber -muy en consonancia con sus divertidas películas-, conseguía éxitos de taquilla espectaculares, y continuó con compañías como Filmax, distribuidora y productora de éxito, sobre todo en su rama de producción, que cada vez que rueda una película, su departamento de promoción despliega una extraordinaria capacidad para comunicarla. Después están las numerosas agencias de prensa y comunicación que proliferan por el país, más de las que caben en él, muchas de ellas vendiendo rodajes y estrenos como si se tratara de buzoneos. Pero algo es algo. La prensa española, con estar a veces cansada de tanta convocatoria, agradece estos detalles que perfilan el trabajo de muchos “free lance” en fotografía y redacción. Volvamos a Pedro Almodóvar. El modo de promocionar sus películas no tienen nada que envidiar a las mejores concentraciones de la Major. Y no solo convocan a medios de comunicación nacionales, sino que en su última rueda de prensa, por ejemplo, estaba casi toda la prensa internacional. “Los abrazos rotos”, gracias a ello, es conocida en todo el mundo. Almodóvar ha paseado a una de sus musas, conocidísima y premiadísima por todos lados; ha hecho apartes en alguna televisión, concertado exclusivas... Y así, es de esperar, que su película alcance el éxito no solo por sus valores artísticos y comerciales, sino también por su capacidad de comunicar. Es lo que queríamos expresar en el titular del editorial.